Fedra
Fedra HIPÓLITO.— ¡Ah! ¡Qué no le habré dicho! ¿Hubiera debido poner en claro el oprobio de su lecho? Haciéndole un relato demasiado sincero ¿debía cubrir con indigno rubor la frente de un padre? Vos sola habéis penetrado este misterio odioso. Para confiarse, mi corazón sólo os tiene a vos y a los Dioses. Pensad si os amo, que no he podido ocultaros lo que quería yo ocultarme a mí mismo. Pero advertid bajo qué secreto os lo he revelado. Si es posible, olvidad que os hablé, señora, y jamás tan pura boca se abra para narrar esta horrible aventura. Osemos confiar en la equidad de los Dioses; ellos están demasiado interesados en justificarme; y Fedra, castigada por su crimen tarde o temprano, no podrá evitar tan justa ignominia. Es el único respeto que de vos exijo. Todo lo demás lo permito a mi libre enojo. Salid de la esclavitud a que estáis reducida; atrevéos a seguirme, atrevéos a acompañar mi fuga; arrancáos a un lugar funesto y profanado, donde la virtud respira aires ponzoñosos; para ocultar vuestra inmediata huida, aprovecháos de la confusión que aquí produce mi desgracia. Yo puedo aseguraros la manera de huir. No hay aquí otros guardias que los míos; abrazarán nuestro partido poderosos defensores; Argos nos tiende los brazos y Esparta nos llama: llevemos a nuestros amigos comunes nuestras justificadas protestas; no soporte más que Fedra, reuniendo nuestros despojos, nos arroje al uno y a la otra del trono paterno y prometa a su hijo la usurpación hecha a ambos. La ocasión es buena y hay que aprovecharla. ¿Qué miedo os retiene? ¿Parecéis vacilar? Sólo vuestro interés me inspira esta audacia. ¿Por qué ese aire helado cuando yo soy todo fuego? ¿Teméis unir vuestros pasos a los de un desterrado?