Fedra

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TESEO.— ¡Oh hijo mío! ¡Cara esperanza que yo mismo me arrebaté! ¡Inexorables Dioses, demasiado me servisteis! ¡Qué remordimientos mortales esperan a mi vida!

TERÁMENES.— Llegó entonces la tímida Aricia. Venía, señor, huyendo de vuestra cólera, a aceptarle por esposo a la faz de los Dioses. Se aproxima: ve la hierba humeante y roja; ve (¡qué espectáculo para los ojos de una enamorada!) a Hipólito yacente, informe y blanco. Durante algún tiempo no quiere admitir su desdicha; no reconociendo ya al héroe que adora, ve a Hipólito y todavía pregunta por él. Pero demasiado segura finalmente de que está ante sus ojos, acusa a los Dioses con una triste mirada; y fría, gimiendo, sin sentido, cae desmayada a los pies de su amante. Junto a ella está Ismena; Ismena, que, bañada en llanto, la hace volver a la vida o mejor a su desventura. Y yo he venido, detestando la luz del día, a trasmitiros la última voluntad de un héroe, y a cumplir, señor, el desgraciado mensaje que depositó en mí su corazón expirante. Pero veo que se acerca su mortal enemiga.





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