La vida después de la muerte
La vida después de la muerte Bien expresó Whitman la dificultad de describir en frases ordinarias y balbucientes palabras la realización de esta verdad:
En éxtasis se me apareció otro sol inefable que ofuscó mi vista.
Y conocí todos los brillantes orbes desconocidos hasta entonces de la futura tierra, del país celeste.
No quiero despertar, porque nada me parece lo que antes me parecía. O si despierto será como si fuese por vez primera, de suerte que todo lo de antes se desvanezca como un sueño.
Si trato de referir lo que experimenté, no puedo. Mi lengua es insuficiente. Mi pecho no alienta y quedo mudo.
Por su parte, dice Emerson:
Las palabras de quien habla de aquella vida deben sonar a hueco para los que no vibran con el mismo pensamiento. No me atreveré a hablar de ella. Mis palabras no entrañarían su augusto sentido. Serían incompletas y frías. Sólo ella puede inspirar a quien ella quiera, y entonces sus palabras serán líricas, dulces y universales como el soplar del viento. Sin embargo, aún por medio de palabras profanas, ya que no puedo valerme de las sagradas, deseo señalar el cielo de esta deidad y referir las insinuaciones recibidas de la ascendente sencillez y vigor de la Suprema Ley.