La vida después de la muerte
La vida después de la muerte Todo esto le parecerá muy extraño a quien tenga del cielo el concepto de una ciudad con calles de oro y ríos de leche y miel. Pero, reflexionando sobre ello echaremos de ver que el cielo con «calles de oro» no difiere gran cosa de los «terrenos de caza» del piel roja, pues también es un concepto material que refleja el deseo de relumbrantes y riquísimas cosas.
Si consideramos la índole mental y emocional del salvaje, veremos que sería muy infeliz si se le colocara en el ambiente del hombre civilizado, y el cielo de calles de oro fuera para él insufrible infierno.
No hay más que imaginarse a un salvaje colocado en un suntuoso palacio con todos los refinamientos de la moderna civilización, para inferir que no sabría cómo moverse y se tendría por sumamente infeliz.
Lo mismo sucede en el plano astral. La naturaleza es tan amiga del salvaje como del civilizado, y proporciona a cada cual el ambiente más adecuado a la desembarazada manifestación de su índole.
No quiere decir esto que en el plano astral haya una complicada serie de ambientes a propósito para cada alma.
Por el contrario, no hay otro ambiente ni escenario que el resultante de las formas, imágenes o representaciones mentales de las almas.