La vida después de la muerte
La vida después de la muerte Cielo e Infierno
Dice el escritor ocultista a quien citábamos en el capítulo precedente que «cada ser humano es su absoluto legislador, el que se allega dicha o se acarrea infortunio, el que para sí mismo decreta el premio o el castigo». No sólo sucede así en la vida terrena, sino mayormente todavía en la astral, porque cada alma desencarnada lleva consigo su propio cielo o su propio infierno, según sus creencias y sus obras en la tierra, y participa de la respectiva dicha o infortunio, conforme a sus méritos.
Pero el juez que da el fallo no es una Potestad externa sino la propia conciencia individual, que en la otra vida se afirma vigorosamente, y su voz, que casi siempre estuvo sofocada por los tumultos del mundo físico, resuena tonante, y el alma la oye y la obedece.
La conciencia individual, cuando habla clara y firmemente, es el más severo juez que existe.
Prescindiendo de todo engaño e hipocresía, la conciencia desnuda al alma ante su vista espiritual; y el alma, después de escuchada la voz de su conciencia, su sentencia de conformidad con sus conceptos del bien y del mal y acepta el fallo por merecido y justo.
Puede el hombre substraerse al fallo ajeno, pero no al de su propia conciencia en el plano astral.