La vida después de la muerte
La vida después de la muerte Esta es la justicia de la ley de causa y efecto, superior a cuanto la mente humana forjó en sus especulaciones religiosas.
Conviene notar la absoluta justicia y equidad de todo ello. El hombre es juzgado de conformidad con las superiores normas de su propia alma, que representan las normas de su época y ambiente.
Lo mejor que hay en el hombre, lo más noble de que sea capaz, se sobrepone a lo inferior, y el alma se asimila a lo que la razón concibe como absoluta justicia.
Los más eminentes penalistas coinciden en afirmar que toda norma arbitraria de castigo, tal como rige en los códigos penales de las naciones, está muy lejos de la invariable justicia, porque la educación y el ambiente del criminal pueden haber sido tales que se viese compelido irresistiblemente a perpetrar el crimen, mientras que el mismo crimen cometido por otro podrá ser traición a su conciencia y el quebrantamiento de una ley moral por él perfectamente conocida.
No calificaremos de criminal a la zorra que arrebata una gallina ni al gato que a hurtadillas mete el hocico en la taza de leche puesta sobre la mesa.
Hay muchos seres humanos cuyo concepto del bien y del mal no es muy superior a los de la zorra y el gato.
Por tanto, ni aun la ley humana, al menos teóricamente, debe castigar, sino prevenir y corregir por medio del precepto y del ejemplo.