Alas de ónix (Empíreo 3)
Alas de ónix (Empíreo 3) —Bienvenido a nuestra nueva realidad —respondió Violet, aferrándose con fuerza a las riendas de Tairn mientras su dragón giraba bruscamente para evitar una corriente descendente.
El cielo era un lienzo blanco interminable, y el mundo bajo ellos había desaparecido, oculto tras capas de nieve y niebla. Era imposible saber qué los esperaba más adelante. Pero Violet sabía que los portadores oscuros se movían en la tormenta como sombras vivientes, esperando el momento perfecto para atacar.
Un rugido resonó en la distancia, bajo y gutural, y Violet sintió cómo su pecho se tensaba. No era el rugido de un dragón.
—¿Lo escuchaste? —preguntó a Tairn, aunque ya sabía la respuesta.
—Lo escuché. —La voz del dragón retumbó en su mente, llena de una mezcla de furia y anticipación—. Prepárate.
La tormenta pareció abrirse por un instante, y allí, en la distancia, Violet vio lo que había estado temiendo: una silueta oscura que se movía con una velocidad imposible entre las ráfagas de nieve. El venin. Su piel parecía absorber la luz, y la energía que emanaba era tan antinatural que Violet sintió un escalofrío recorrerle la espalda.
—Ridoc, a las tres en punto —avisó, girando a Tairn en dirección al enemigo.
