Cartas a un joven poeta
Cartas a un joven poeta Pero parece que esa fuerza no siempre es sincera ni está libre de afectación. (Claro que esto es también una de las pruebas más difÃciles para el creador: debe permanecer siempre inconsciente de sus mejores virtudes si no quiere despojarlas de su independencia e integridad). Y cuando la vida tumultuosa, a través de su ser, desemboca en lo sexual, no encuentra ningún ser humano tan auténtico como serÃa preciso. Ahà no hay un mundo sexual maduro y genuino, hay un sexo que no es lo bastante humano, que es sólo viril, que es celo, embriaguez y desasosiego, y está sobrecargado con los viejos prejuicios y soberbias con que el varón ha lastrado y desfigurado el amor. Porque sólo ama como varón y no como persona, en su sentimiento sexual hay algo mutilado, visiblemente salvaje, hostil, temporal, perecedero, que deforma su arte y lo convierte en ambiguo y dudoso. No está sin mancha, el tiempo y la pasión lo marcan y poco de él llegará a perdurar y a mantenerse. (¡Pero asà sucede con la mayor parte del arte contemporáneo!). A pesar de todo, se puede gozar con lo que hay de grande en él, pero con una condición: no perderse ni convertirse en un adicto del mundo de Dehmel, un mundo infinitamente receloso, lleno de adulterio y enredo, y muy lejos de los auténticos destinos que infligen más dolor que estas efÃmeras confusiones, pero que también dan más oportunidad a la grandeza y más valor para la eternidad.