Poemas a la noche
Poemas a la noche La «montaña», el «roquedal» a los que hacen referencia estos versos pueden ser identificados con los ángeles de la lírica elegiaca: del mismo modo son inaccesibles, del mismo modo se alzan delante del yo y exigen de él un relato o más bien un «grito»[3], un posicionamiento para el cual no basta la objetivación de la etapa inmediatamente anterior en la que interesaba decir «la cosa» (Ding-Gedicht), en cuya lógica el yo se vierte hacia una transitividad: «la tranquilidad de las cosas». Frente a la precisión y el rigor del Ding-Gedicht, que —no lo dudemos— tiene una parecida matriz de desarraigo, el poeta se enfrenta aquí a un paisaje ancestral: una tierra no pisada, inédita, que le invita a dar otro paso hacia adelante en su trayectoria. La corriente de expresión subjetiva no es un regreso a etapas anteriores, pues, muy al contrario que en aquéllas, esta nueva confesión se envasa en un molde metafísico: es el primer paso de la poesía visionaria y del Rilke maduro. El paisaje desde el principio es un extraño que rechaza e invita a un mismo tiempo: exige una interacción con el yo. El paisaje es innominado («innominadas cosas» se dirá en el poema «Un viento de primavera», también de Capri), es anónimo, es impreciso, es sintético o comprensivo, es el desdoblamiento de una sed subjetiva, instaura su existencia escarpada en la problemática e interrogante existencial del yo. La relación con el yo, del mismo modo que en los Poemas a la noche es agónica. El paisaje es alegórico, es una suma de potencialidades, es desnaturalizado: sus elementos son «conceptos» (véase el poema «Palabras del Señor a Juan en Patmos») sumados, en plena metamorfosis, colocados uno encima de otro de cualquier forma: son una torre parecida a la que el yo lírico construye en vano, superponiendo el corazón al cerebro y al anhelo… Si hubiera que buscar un equivalente pictórico a este enclave, no hablaríamos por supuesto de la paz del paisajismo flamenco, sino del carácter cerebral y conceptual y del pathos de una estampa surrealista o expresionista. Ineludible es la antítesis entre «montaña» y «abismo» o «senda» que «bebe» al hablante. Igual que en otros poemas de Capri, igual que en las propias Elegías, el paisaje se caracteriza precisamente por imponer al yo la necesidad de un punto intermedio, un contrapeso entre él y la magnificencia y superioridad de lo que se ve o se entrevé. La sed de un rostro de los elementos naturales es el relato especular de la angustia del yo por no tener una «relación» (Bezug), por no serenarse en una coordenada, una «referencia» (véase el poema «Alzando la mirada desde el libro» perteneciente a los Poemas a la noche).