Una temporada en el infierno
Una temporada en el infierno «Le escucho convertir la infamia en una gloria, la crueldad en un encanto. “Soy de raza lejana: mis padres eran escandinavos: se atravesaban las costillas, bebían su propia sangre. —Yo cubriré de incisiones todo mi cuerpo, me tatuaré, quiero volverme horrible como un mongol: ya verás, aullaré por las calles. Quiero enloquecer de rabia. Nunca me muestres joyas, me arrastraría y me retorcería sobre la alfombra. Mi riqueza, la querría toda manchada de sangre. Jamás trabajaré…” Muchas noches, su demonio se apoderaba de mí, y rodábamos juntos, ¡y yo luchaba con él! —Otras, a menudo, ebrio, acecha en las calles o en las casas, para asustarme mortalmente. “Con toda seguridad me cortarán la cabeza; será ‘repugnante’”. ¡Oh!, ¡esos días en que desea andar con aire de crimen!
«A veces habla, en una especie de jerga enternecida, de la muerte que hace arrepentir, de desdichados que ciertamente existen, de trabajos penosos, de despedidas que desgarran los corazones. En los tugurios donde nos embriagábamos, lloraba al pensar en la gente que nos rodeaba, rebaño de la miseria. Levantaba a los ebrios en las negras calles. Sentía la piedad de una mala madre por las criaturas. —Se alejaba con gentileza de niñita que va al catecismo. —Simulaba conocerlo todo, comercio, arte, medicina. —Yo lo seguía, ¡como corresponde!