Una temporada en el infierno
Una temporada en el infierno «Veía todo el decorado con que se rodeaba mentalmente: vestimentas, telas, muebles; yo le prestaba armas, otro rostro. Veía cuanto le concernía, como él hubiera querido crearlo para sí mismo. Cuando su espíritu parecíame inerte, lo seguía, lejos, en acciones extrañas y complicadas, buenas o malas: estaba segura de no penetrar jamás en su mundo. Junto a su querido cuerpo dormido, cuántas horas nocturnas he velado, preguntándome por qué ansiaría tanto evadirse de la realidad. Jamás ningún hombre hizo semejante voto. Reconocía —sin temer por él— que podría representar un serio peligro para la sociedad. ¿Tendrá acaso secretos para cambiar la vida? “No, sólo los busca”, me respondía. En fin, su caridad está hechizada, y yo soy su prisionera. Ninguna otra alma tendría fuerza suficiente —¡fuerza de desesperación!— para soportarla, para ser protegida y amada por él. Por lo demás, no lo imaginaba con otra alma: uno ve a su propio Ángel, nunca al Ángel de otro, creo. Yo residía en su alma como en un palacio que se ha desocupado para no recibir a una persona tan innoble como vosotros: eso es todo. ¡Qué vamos a hacerle! Yo dependía de él enteramente. Pero ¿qué pretendía con mi opaca y pusilánime existencia? ¡El no conseguía que fuese mejor, sino haciéndome morir! “Te comprendo”. Él se encogía de hombros.