Una temporada en el infierno

Una temporada en el infierno

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«Así, mi pena se renovaba sin cesar, y encontrándome cada vez más perdida ante mis propios ojos —¡como también ante los de aquellos que hubieran querido fijarse en mí, si no hubiese estado condenada para siempre al olvido de todos!— sentía más y más hambre de su bondad. Con sus besos y sus cariñosos abrazos aquello era un verdadero cielo, un sombrío cielo en el que yo penetraba, y en el cual hubiese querido que me dejaran, pobre, sorda, muda, ciega. Ya me iba habituando a ello. Yo nos veía como dos buenos niños que pueden pasearse libremente en el Paraíso de la tristeza. Nos compenetrábamos. Llenos de emoción, trabajábamos juntos. Pero, después de una penetrante caricia, él me decía: “Qué extraño te parecerá todo lo que has pasado, cuando ya no esté. Cuando ya no tengas mi brazo bajo tu cuello, mi corazón para que reposes, ni esta boca sobre tus ojos. Porque tendré que irme, muy lejos, algún día. Pues tengo que ayudar a otros: es mi deber. Aunque sea tan poco apetecible… alma querida…” En seguida yo me presentía, ya lejos de él, presa de un vértigo que me precipitaba en las más horribles de las sombras: la muerte. Le hacía jurar que no me abandonaría. Veinte veces, hizo esta promesa de amante. Era tan frívolo como yo cuando le decía: “Te comprendo”.




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