Una temporada en el infierno
Una temporada en el infierno «¡Ah! Jamás me inspiró celos. Creo que no me abandonará. ¿Qué sucederÃa? Carece de relaciones; no trabajará jamás. Quiere vivir sonámbulo. ¿BastarÃan su bondad y su caridad para darle derecho al mundo real? Hay instantes en que olvido la miseria en que he caÃdo: él me hará fuerte, viajaremos, casaremos en los desiertos, dormiremos sobre el pavimento de ciudades desconocidas, sin cuidados, sin penas. O despertaré, y las leyes y las costumbres habrán cambiado —gracias a su poder mágico—, el mundo, aunque siga siendo el mismo, me permitirá entregarme a mis deseos, a mis alegrÃas, a mis indolencias. ¡Oh! la vida de aventuras que existe en los libros de los niños ¿me la darás como recompensa por todo lo que he sufrido? No puede. Ignoro su ideal. Me ha dicho que tiene penas, esperanzas: no debo inmiscuirme en eso. ¿El habla con Dios? Tal vez yo debiera dirigirme a Dios. Estoy en lo más hondo del abismo, y ya no sé rezar.
«Si me explicase sus tristezas, ¿las comprenderÃa mejor que sus sarcasmos? Me ataca, pasa horas enteras avergonzándome por todo lo que pudo conmoverme en el mundo, y se indigna si lloro.