Una temporada en el infierno

Una temporada en el infierno

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Mi salud peligró. El terror llegaba. Caía dormido durante días enteros, y, despierto, continuaba los sueños más tristes. Me encontraba maduro para la muerte, y por una ruta de peligros mi debilidad me conducía a los confines del mundo y de la Cimeria, patria de la sombra y de los torbellinos.

Debí viajar, disipar los encantamientos acumulados en mi cerebro. Sobre el mar, al que amaba como si él debiera lavarme de un estigma, veía elevarse la cruz; consoladora. Yo había sido condenado por el arco iris. La Dicha era mi fatalidad, mi remordimiento, mi gusano: mi vida sería siempre demasiado inmensa para ser consagrada a la fuerza y a la belleza.

¡La Dicha! Su diente, dulce para la muerte, me advertía al cantar el gallo —ad matutinum, al Christus venit—, en las más sombrías ciudades:

¡Oh estaciones! ¡Oh castillos!

¿qué alma carece de vicios?

El mágico estudio yo hice

de la dicha ineludible.

¡Salud! a ella, cada ves

que canta el gallo francés.

¡Ah! no tendré más codicia.

Se ha encargado de mi vida.

Su encanto invade alma y cuerpo

y dispersa todo esfuerzo.

¡Oh estaciones! ¡Oh castillos!


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