Una temporada en el infierno
Una temporada en el infierno y entusiasmos cotidianos
para alzar vuelo… según.
—Ya se alejó la esperanza,
nunca ya más orietur.
Tan sólo ciencia y paciencia.
El suplicio es sin albur.
Ha sucumbido el mañana.
Brasas ardientes de raso,
es el deber vuestras llamas.
Se la volvió a encontrar.
—¿Qué?— la eternidad.
Es el sol mezclado
al mar.
Me trasformé en una ópera fabulosa: vi que todos los seres tienen una fatalidad de dicha: la acción no es la vida, sino una forma de malgastar una fuerza, un enervamiento. La moral es la debilidad del cerebro.
Me pareció que, a cada ser, se le debÃan muchas otras vidas. Ese señor ignora lo que hace: es un ángel. Esta familia es una carnada de perros. Ante muchos hombres, conversé en voz alta con un momento de una de sus otras vidas. —AsÃ, amé a un cerdo.
Ninguno de los sofismas de la locura —de la locura que se recluye—, fue olvidado por mÃ: podrÃa repetirlos todos, poseo el sistema.