Una temporada en el infierno
Una temporada en el infierno Es indudable que siempre fui raza inferior. No comprendo la rebeldÃa. Mi raza sólo se sublevó para saquear: como los lobos al animal que no mataron.
Recuerdo la historia de Francia hija mayor de la Iglesia. Villano, habrÃa hecho el viaje a Tierra Santa; rememoro caminos de las llanuras suabas, panoramas de Bisando, murallas de Solima; el culto a MarÃa, el enternecimiento por el crucificado se despiertan en mà entre mil fantasÃas profanas. —Estoy sentado, leproso, sobre tiestos y ortigas, al pie de un muro roÃdo por el sol—. Más tarde, mercenario, habrÃa vivaqueado bajo las noches de Alemania.
¡Ah! más aún: con viejas y niños danzo el Sabat en el rojizo claro de un bosque.
Mi recuerdo no va más allá de esta tierra y del cristianismo. Jamás terminaré de reverme en ese pasado. Pero siempre solo; sin familia; ¿qué lenguaje hablarÃa? Nunca me veo en los consejos de Cristo; ni en los consejos de los Señores, —representantes de Cristo.
Quienquiera que yo fuese en el siglo pasado, sólo vuelvo a encontrarme hoy. Nada de vagabundos, nada de guerras vagas. La raza inferior lo cubrió todo —el pueblo, como se dice, la razón; la nación y la ciencia.