Una temporada en el infierno
Una temporada en el infierno ¡Oh! ¡la ciencia! Todo se ha retomado. Para el cuerpo y el alma, —el viático—, contamos con la medicina y la filosofÃa, —los remedios de buenas mujeres y las canciones populares arregladas. ¡Y los entretenimientos de los prÃncipes y los jueces que ellos prohibÃan! ¡GeografÃa, cosmografÃa, mecánica, quÃmica!…
La ciencia, ¡la nueva nobleza! El progreso. ¡El mundo marcha! ¿Por qué no habrÃa de girar?
Es la visión de los números. Vamos hacia el EspÃritu. Lo que digo es muy cierto, es oráculo. Comprendo, e incapaz de explicarme sin palabras paganas, quisiera enmudecer.
¡La sangre pagana retorna! El EspÃritu está próximo, ¿por qué no me ayuda Cristo confiriéndole a mi alma nobleza y libertad? ¡Ay! ¡el Evangelio ha muerto! ¡el Evangelio! ¡el Evangelio!
Espero a Dios con verdadera gula. Soy de raza inferior por toda la eternidad.
Heme aquà en la playa armoricana. Que las ciudades se iluminen en la noche. He cumplido mi jornada; abandono a Europa. El aire marino quemará mis pulmones; me curtirán los climas perdidos. Nadar, pisotear hierba, cazar, sobre todo fumar; beber licores fuertes como metal hirviente, —a semejanza de aquellos queridos antepasados alrededor del fuego.