Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Valenzuela, no digáis eso delante de mí; sé que no podéis amarla: vuestro carácter impetuoso, vuestra imaginación viva, vuestro corazón ardiente no pueden de ninguna manera encenderse en una pasión por una mujer tan fría, con un corazón y un temperamento de hielo; vos necesitáis amar a una mujer entusiasta, fogosa, y la mujer que necesita vuestro amor soy yo, yo que os adoro con delirio: ¿es cierto, don Fernando?

—Sí, doña Inés —contestó Valenzuela sin poder resistir a la fascinación que aquella mujer ejercía sobre él.

—Bien, llegó el tiempo: yo conseguiré de la reina el empleo para vos, y la aconsejaré que no permita que doña Eugenia se separe de ella, lo alcanzaré.

—Haced lo que queráis, doña Inés, y no dudo que lo conseguiréis, como habéis conseguido que yo tenga por vos una pasión terrible que me abrasa, que me devora.

—¡Ah! ¡Ah! Así os quiero ver; qué hermoso estáis así.

—Y vos, ¡qué encantadora!

—¡Yo os amo!

—¡Y yo os adoro!

—¡Adiós!

—¡Adiós!

Doña Inés se deslizó por una de las puertas, y don Fernando se quedó pensando:


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