Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Doña María Ana de Austria veló toda la noche; aquella mujer a quien envidiaban de seguro todas las mujeres de sus extensos dominios, amaba por la primera vez en su vida.
Amaba por la primera vez, y tenía que ocultar aquel amor a los ojos de todos, aún a los de su misma conciencia.
En aquel momento doña María Ana de Austria comenzó a comprender la felicidad; aún luchaba contra aquel amor, y ya se sentía feliz con él.
Había vivido siempre sola con su corazón y sus ilusiones; no había sido nunca más que esposa de un rey, primero, y reina después; nunca mujer.
En aquella noche comenzaba a serlo.
Quizá en aquella hora bendijo la desobediencia del príncipe que había alejado de la corte al padre Nitardo.