Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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Don Fernando como un loco se desprendió de los brazos de doña María Ana y salió corriendo de la estancia.

—Fernando… Fernando… amor mío… no te vayas, quiero morir a tu lado —exclamó la reina.

Y luego con los brazos tendidos hacia la puerta por donde acababa de salir Valenzuela, dio algunos pasos vacilando y cayó desmayada.

En aquel instante se abrió otra puerta y doña Eugenia, pálida, conmovida y con los ojos encendidos por el llanto, entró precipitadamente, y levantando la hermosa cabeza de doña María Ana de Austria, la colocó cuidadosamente en su regazo, exclamando:

—¡Dios mío!… ¡Dios mío!… la desgracia ha caído sobre nosotros.

Aquella noche una carroza conducía a la reina doña María Ana de Austria a Toledo.

Doña Eugenia acompañaba a Su Majestad.

Las gentes de justicia, comisionadas por el señor príncipe don Juan de Austria, buscaban por todas partes a Valenzuela.

Pero nadie sabía el paradero de don Fernando.

El príncipe don Juan y sus partidarios habían conseguido sus deseos.

El príncipe, con el carácter de primer ministro de su hermano el rey Carlos II, mandaba ya en la monarquía sin obstáculo de ninguna clase.


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