Las dos emparedadas
Las dos emparedadas Todos aquellos bandidos se quitaron respetuosamente el sombrero y besaron la cruz que habÃan formado con los dedos de la mano derecha.
—Maldita sea el alma del que falte o cante —dijo Camaleón.
—Maldita —repitieron todos.
—Pues oigan —continuó Camaleón— ¿recuerdan lo que nos dijo el Señorito? Entramos a la casa del marqués, sacamos lo necesario y luego nos repartimos; aquà está lo mejor; él sin exponer nada porque hasta la salida busca de que le hemos de desarmar, toma como siempre la mejor parte, ¿por qué hemos de ser tan tontos? Una vez desarmado, le matamos, y todo el botÃn para nosotros.
—¿Pero y si se resiste? —dijo el Cupido.
—No se resistirá, porque él mismo nos ha dicho que le desarmemos, y en la creencia de que le vamos a obedecer, se deja, y después… en un decir Jesús le dejo más muerto que está mi padre.
—Bueno, bueno —dijeron todos.
—Ahora silencio, y cada uno se larga a su casa.
Y todos aquellos hombres se deslizaron como unas sombras en la oscuridad y sólo quedó allà el Camaleón, porque allà tenÃa su guarida.
Entonces, tomando un gran cántaro lleno de agua lo vertió sobre la lumbre para apagarla.