Las dos emparedadas

Las dos emparedadas

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—Por mi fe que sí: a pesar de que nada les creo a estos hombres.

—Pues entonces…

—No sé lo que deciros, pero esto de oír anunciar la muerte en medio de la vida, es muy cruel.

Los dos siguieron conversando, y poco a poco se disipó la negra nube que pesaba en el espíritu de don José, y al llegar cerca de la casa, ya reía como si nada hubiese pasado.

—Cerca estáis ya de vuestra casa y os dejo —dijo Valenzuela.

—No quiero molestaros, y sólo por eso me privo de vuestra compañía, sin suplicaros vayáis hasta mi casa; pero mañana os aguardo.

—No faltaré, adiós.

—Él os guíe.

Los dos jóvenes se separaron: don José dirigióse a su casa, y Valenzuela se volvió apresuradamente para la habitación del astrólogo.

La idea más extraña le había ocurrido en aquel instante.


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