Las dos emparedadas
Las dos emparedadas —¿Y nada más me dirá por hoy vuestra merced, señora? —dijo el virrey.
—¿Y qué más, señor, que noticiar a V. E., que hay en México una gran conspiración y ofrecerle todas las pruebas? ¿Acaso ya sabÃa esto V. E.? Porque en tal caso ya será inútil mi ofrecimiento, supuesto que entonces a esta hora estará ya deshecha.
Aquella respuesta de doña Inés, dada al virrey delante del oidor, que le acechaba como un gato a un ratón, fue un golpe que completamente le desconcertó.
—No, señora —dijo— nada sabÃa en verdad, y no quiero decir que era poco importante lo que comunicaba vuestra merced, sino que yo tenÃa deseos de saber más.
—Y lo sabrá muy pronto V. E.
—Asà lo espero.
—Por ahora, señor, me retiro, pero antes me atreveré a suplicar a V. E., que supuesto que nada sabÃa me dé un papel en que conste que yo he sido la que ha dado esta noticia a V. E. y lo que he prometido.
—Yo daré ese papel a vuestra merced.
—DesearÃa tenerlo ahora que el señor oidor puede poner en él su firma como testigo.
—Pero…
—¡Ah! si V. E. ya lo sabÃa…