Periodismo. Primera parte
Periodismo. Primera parte (II)
No acusamos a ninguna administración, no señalamos a ninguno de los gobiernos que han pasado, como culpables de esa inmoralidad que todos palpan en la marcha administrativa, que todos sienten infiltrada como un tósigo mortal en las arterias de la república.
No formamos un proceso para encontrar un reo, no buscamos la causa para atraer sobre la cabeza de un gobernante la maldición de un pueblo y el anatema de su historia.
No, para nosotros, y lo hemos dicho ya, el escritor público desempeña un sacerdocio, debe ser el apóstol de las doctrinas que de buena fe profesa, y como el águila, debe remontarse más allá de la pesada y negra atmósfera de la intriga, de la adulación, del odio y de los personales intereses.
Ponemos el dedo en la herida, levantamos la punta de ese velo que inútilmente pretende cubrir a los ojos del mundo un cadáver próximo ya a la descomposición.
