Cónclave
Cónclave Cierra los ojos. Mañana será otro día de votación. Pero algo dentro de él le dice que el verdadero peligro no está en los favoritos, sino en aquel a quien nadie está mirando.
La segunda votación comienza temprano en la Capilla Sixtina.
El aire está cargado de tensión. Los cardenales, vestidos de rojo escarlata, parecen piezas de ajedrez en una partida que ninguno puede controlar del todo.
Lomeli observa sus rostros mientras avanzan para depositar sus votos en la urna. Algunos lo hacen con devoción, otros con el peso del cálculo político.
Cuando la votación concluye, el conteo revela lo inevitable: el cónclave sigue estancado.
—Humo negro otra vez —susurra Bellini, alzando la vista hacia la bóveda.
Lomeli deja caer las papeletas en la estufa. Desde la Plaza de San Pedro, la multitud vuelve a ver la señal: no hay Papa.
Pero dentro del Vaticano, las verdaderas negociaciones apenas comienzan.
De vuelta en la Casa de Santa Marta, los pasillos se convierten en un campo de batalla silencioso.