Cónclave
Cónclave Al entrar, la escena es solemne: el Papa yace en su cama, las manos cruzadas sobre el pecho. El arzobispo Woźniak, aún con lágrimas en los ojos, le susurra a Lomeli:
—No sufrió, Eminencia. Se fue en paz.
Los otros cardenales presentes murmuran oraciones, pero Lomeli apenas los escucha. Su mirada se fija en un pequeño detalle: en la comisura de los labios del Santo Padre, una diminuta mancha blanca de dentífrico. Un gesto humano, cotidiano, para un hombre que llevaba la carga de toda la Iglesia sobre sus hombros.
El protocolo se activa de inmediato. El Anillo del Pescador , símbolo de su autoridad, es retirado de su dedo y partido en dos con unas tijeras de plata. El cónclave debe reunirse. En cuestión de horas, los cardenales de todo el mundo comenzarán a llegar a Roma.
Lomeli se queda atrás cuando los demás se marchan. Se arrodilla junto al lecho y cierra los ojos. Hace años que sus oraciones son más un hábito que un acto de fe genuina, pero ahora, en esta sala impregnada de silencio, siente una ausencia abrumadora.
—¿Por qué te lo llevaste, Señor? —murmura.
No hay respuesta. Solo el sonido de su propia respiración y el tic-tac del viejo despertador de viaje del Papa, aún marcando un tiempo que ya no le pertenece.
