Ensayo sobre el origen de las lenguas
Ensayo sobre el origen de las lenguas Entre los antiguos uno se hacía oír con facilidad en la plaza pública; se hablaba ahí durante todo un día sin incomodar a nadie; los generales arengaban a sus tropas; se les oía y nadie se agotaba. Los historiadores modernos que han querido introducir arengas en sus historias sólo han provocado burlas. Imagínese a un hombre arengando en francés al pueblo de París en la Place Vendôme: aunque grite con toda su energía, se oirá que grita pero no se distinguirá una palabra. Herodoto leía su historia a los pueblos de Grecia reunidos al aire libre, y todo resonaba de aplausos. Hoy en día, el académico que lee una memoria es apenas oído en el otro lado de la sala. Si los charlatanes de las plazas abundan menos en Francia que en Italia, no es porque en Francia sean menos escuchados, es solamente porque no se les oye bien. El señor D’Alembert cree que se podría pronunciar el recitativo francés a la italiana; sería preciso pronunciarlo en la oreja, o de otro modo no se entendería nada. Ahora bien, yo sostengo que toda lengua con la que no se puede uno hacer oír por el pueblo reunido es una lengua servil; es imposible que un pueblo siga siendo libre y que hable esa lengua.
Terminaré estas reflexiones superficiales, pero que pueden hacer despertar otras más profundas, con el pasaje que me las inspiró.