Ensayo sobre el origen de las lenguas

Ensayo sobre el origen de las lenguas

IX

En los primeros tiempos[1], los hombres desperdigados sobre la faz de la Tierra no tenían otra sociedad que la de la familia, otras leyes que las de la naturaleza[2], otra lengua que la del gesto y algunos sonidos inarticulados. No se encontraban vinculados por ninguna idea de fraternidad común; y, como carecían de otro árbitro que la fuerza, se creían enemigos entre sí. Su debilidad e ignorancia les daban esta opinión. No conocían nada, lo temían todo; atacaban para defenderse. Un hombre abandonado solo sobre la Tierra, a merced del género humano, ha de ser un animal feroz. Estaba listo a hacerles a los otros el mal que temía de ellos. El temor y la debilidad son las fuentes de la crueldad.










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