La desigualdad entre los hombres
La desigualdad entre los hombres Tampoco sería muy razonable creer que los pueblos se arrojaron desde el primer momento en brazos de un amo absoluto, sin condiciones y para siempre, y que el primer medio de atender a la seguridad común imaginado por hombres arrogantes o indómitos haya sido precipitarse en la esclavitud. En efecto: ¿por qué se han dado a sí mismos superiores si no es para que los defendieran contra la opresión y protegieran sus bienes, sus libertades y sus vidas, que son, por así decir, los elementos constitutivos de su ser? Ahora bien en las relaciones entre los hombres, lo peor que puede sucederle a uno es verse a discreción de otro; ¿no hubiera sido, pues, contra el buen sentido abandonar entre las manos de un jefe las únicas cosas para cuya conservación necesitaban su auxilio? ¿Qué equivalente hubiera podido ofrecer éste por la concesión de tan magnífico derecho? Y si hubiera osado exigirlo con el pretexto de defenderlos, ¿no hubiese recibido inmediatamente la respuesta del apólogo: ¿Qué mal nos haría el enemigo? Es, pues, incontestable, y tal es el precepto fundamental de todo derecho político, que los pueblos se han dado jefes para defender su libertad y no para oprimirlos. Si tenemos un príncipe -decía Plinio a Trajano- es con el fin de que nos preserve de tener un amo.