La desigualdad entre los hombres

La desigualdad entre los hombres

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En cuanto a la autoridad paternal, de la cual han hecho derivar algunos el gobierno absoluto y aun la sociedad entera, sin recurrir a las pruebas contrarias de Locke y de Sidney, basta con indicar que nada hay en el mundo tan lejos del espíritu feroz del despotismo como la dulzura de esa autoridad, que atiende más al provecho de quien obedece que a la utilidad del que manda; que, por ley natural, el padre sólo es dueño del hijo mientras éste necesita su ayuda; que después de este término son iguales, y que entonces el hijo, perfectamente independiente de su padre, sólo le debe respeto, mas no obediencia; porque el reconocimiento es un deber que hay que cumplir, pero no un derecho que se pueda exigir. En lugar de decir que la sociedad civil se deriva del poder paternal, sería necesario decir, al contrario, que es de ella de quien ese poder tiene su principal fuerza. Un individuo no fue reconocido por el padre de varios sino cuando todos permanecieron a su lado. Los bienes del padre, de los cuales él es el verdadero dueño, son los lazos que mantienen a los hijos bajo su dependencia, y él puede no darles parte en la herencia sino en la medida en que lo hayan merecido por un contimio acatamiento de su voluntad. Ahora bien: lejos de poder esperar los súbditos favor semejante de su déspota, como le pertenecen ellos y las cosas que poseen, o al menos así lo pretende aquél, se ven reducidos a recibir como un favor lo que les deja de sus propios bienes; hace justicia cuando los despoja; concede gracia cuando los deja vivir.


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