La desigualdad entre los hombres
La desigualdad entre los hombres Continuando el examen de los hechos desde el punto de vista del derecho, no se hallarÃa más solidez que veracidad en la implantación voluntaria de la tiranÃa, y serÃa difÃcil demostrar la validez de un contrato que sólo obligarÃa a una de las partes, en el cual se pondrÃa todo de un lado y nada del otro y que sólo redundarÃa en perjuicio del contrayente. Este odioso sistema está muy lejos de ser; aun hoy dÃa, el de los monarcas sabios y buenos, como puede verse en diversos pasajes de sus edictos, y particularmente en el siguiente, de un célebre escrito publicado en 1667 en nombre y por orden de Luis XIV: «No se diga, pues, que el soberano no se halla sujeto a las leyes de su Estado, puesto que la proposición contraria es una verdad del derecho de gentes, que la lisonja ha atacado algunas veces, pero que los buenos prÃncipes han defendido siempre como una divinidad tutelar de su Estado. ¡Cuánto más legÃtimo es decir con el sabio Platón que la perfecta felicidad de un reino consiste en que el prÃncipe sea obedecido de sus súbditos, que él obedezca a la ley y que la ley sea recta y encaminada siempre al bien público!» (34). No me detendré a averiguar si, siendo la libertad la más noble de las facultades del hombre, no es degradar su naturaleza ponerse al nivel de las bestias, esclavas de su instinto, y aun ofender al mismo Autor de sus dÃas, el renunciar sin reserva al más precioso de todos sus dones, el someterse a cometer todos los crÃmenes que El nos prohÃbe, por complacer a un amo feroz e insensato, y si aquel Obrero sublime debe sentirse más irritado al ver destruir o al ver deshonrar su obra más hermosa. No apelaré, si se quiere, a la autoridad de Barbeyrac, que declara netamente, según Locke, que nadie puede vender su libertad hasta someterse a un poder arbitrario que lo trata a su capricho, porque -añade- serÃa vender su propia vida, de la cual uno no es dueño. Preguntaré solamente con qué derecho aquellos que no temen envilecerse a sà mismos hasta ese punto han sometido su posteridad a la misma ignominia y han renunciado por ella a unos bienes que ésta no debe a su liberalidad y sin los cuales la vida misma es una carga para todos aquellos que son dignos de ella.