Juliette o Las prosperidades del vicio
Juliette o Las prosperidades del vicio ¡Oh Dios!, ¡cómo le devolvimos lo que nos prestaba! Es imposible trabajar con más ardor para proporcionar placer a una mujer… imposible encontrar otra que lo saborease mejor. Nos entregamos.
—Ángel mío —me dice esta encantadora criatura—, no puedo expresarte el placer que tengo en haberte conocido; eres una muchacha deliciosa; voy a asociarte a todos mis placeres, y verás que pueden saborearse algunos muy fuertes, aunque estemos privadas de la sociedad de los hombres. Pregunta a Euphrosine si está contenta conmigo.
—¡Oh, amor mío, mis besos te lo probarán! —dice nuestra joven amiga precipitándose sobre el seno de Delbène—; a ti te debo el conocimiento de mi ser; tú has formado mi espíritu, lo has liberado de los estúpidos prejuicios de la infancia: sólo por ti existo en el mundo; ¡ah!, ¡cuán feliz será Juliette, si te dignas tomarte las mismas molestias por ella!
—Sí —respondió Madame Delbène—, sí, quiero encargarme de su educación, quiero disipar en ella, como lo hice en ti, esos infames vestigios religiosos que turban toda la felicidad de la vida, quiero reducirle a los principios de la naturaleza, y hacerle ver que todas las fábulas con las que han fascinado su alma no están hechas más que para ser despreciadas. Comamos, amigas mías, recuperémonos; cuando se ha descargado mucho, hay que reponer lo que se ha perdido.