Juliette o Las prosperidades del vicio
Juliette o Las prosperidades del vicio —¡Oh!, Noirceuil, ¡cuán injustas son las leyes humanas! Gode, inocente, gime en un calabozo; Juliette, culpable de su suerte, cubierta con los dones de la fortuna.
—Todo eso está en orden, hija mÃa —me respondió Noirceuil—; el infortunio es el juguete de la prosperidad; le está sometido por las leyes de la naturaleza; es preciso que el débil sirva de pasto al fuerte. Echa una mirada al universo; en todas las leyes que lo rigen encontrarás ejemplos parecidos: la tiranÃa y la injusticia, como únicos principios de todos los desórdenes, deben ser las primeras leyes de una causa que no actúa más que mediante desórdenes.
—¡Oh!, amigo mÃo —digo llena de entusiasmo—, al legitimar a mis ojos todos los crÃmenes, al darme, como haces, los medios para sumergirme en ellos, pones mi alma en un estado delicioso, en una turbación, en un delirio, que no podrÃa explicar con palabras. ¿Y no quieres que te dé las gracias?
—Una vez más, no me debes nada; me gusta el mal, le proporciono agentes: puedes ver que también aquà soy egoÃsta, como en todas las otras ocasiones de mi vida.
—¡Pero tendré que reconocer de algún modo todo lo que haces por mÃ!
—Cometiendo muchas fechorÃas, y no ocultándome ninguna.