Juliette o Las prosperidades del vicio
Juliette o Las prosperidades del vicio Cuatro muchachas encantadoras componían, junto con Madame de Noirceuil y conmigo, el serrallo ofrecido a estos señores. Estas criaturas, vírgenes todavía, eran de la casa de la Duvergier. La más joven se llamaba Eglée, rubia, de trece años y con un rostro encantador. Seguía Lolotte, era el vivo retrato de Flora; nunca se vio tanta frescura; apenas tenía quince años. Henriette tenía dieciséis, y reunía por sí sola más atractivos de los que los poetas cantaron a las tres Gracias. Lindane tenía diecisiete años; digna de ser pintada, ojos con una singular expresión, y el cuerpo más hermoso que sea posible ver.
Seis jóvenes, de quince años, nos servían desnudos y peinados como mujeres: cada uno de los libertinos que asistía a la comida tenía, como veis por este arreglo, cuatro objetos de lujuria a sus órdenes: dos mujeres y dos muchachos. Como ninguno de estos individuos estaba todavía en el salón cuando yo aparecí, d’Albert y Saint-Fond, después de haberme besado, mimado y alabado durante un cuarto de hora, me felicitaron por mi aventura.
—Es una encantadora pequeña criminal —dice Noirceuil—; y que, por la sumisión más ciega a las pasiones de sus jueces, viene a agradecerles la vida que les debe.