Juliette o Las prosperidades del vicio
Juliette o Las prosperidades del vicio —¡Ah!, Saint-Fond —dice Clairwil—, ¡cuán fácil serÃa demostrar que el tuyo no es más que el fruto de esas pasiones a las que quieres que se renuncie cuando se estudian! Con menos crueldad en el corazón, tus dogmas serÃan menos sanguinarios; y prefieres incurrir tú mismo en la eterna condenación de la que hablas, que renunciar al delicioso goce de aterrorizar a los otros.
—Bah, Clairwil —interrump×, ese es su único fin al desarrollar ese sistema: no es más que una maldad de su parte, pero no se lo cree.
—Creo que se engañan; y podéis ver que mis acciones están totalmente conformes con mi manera de pensar: persuadido de que el suplicio de la reunión con las moléculas malignas será muy mediocre para el ser tan malhechor como ellas, me cubro de crÃmenes en este mundo para tener que sufrir menos en el otro.
—En cuanto a mà —dice Clairwil—, me mancillo con ellos porque me agradan, porque los creo una de las maneras de servir a la naturaleza y porque, al no sobrevivir nada de mÃ, importa muy poco cómo me haya conducido en este mundo.
Estábamos en este punto, cuando oÃmos un coche que entraba en el patio; se anunció Noirceuil; apareció, llevando a un joven de dieciséis años, más hermoso que el mismo Amor.