Juliette o Las prosperidades del vicio
Juliette o Las prosperidades del vicio ¿Pero en qué condición moral me había puesto tanta comodidad? Eso es lo que no me atrevo a relatar, amigos míos, y, sin embargo, es preciso que trate de ello con vosotros. El extremo libertinaje en que me hundía todos los días había embotado de tal forma los resortes de mi alma que, con la ayuda de los perniciosos consejos con que me colmaban por todas partes, creo que no habría derrochado ni un céntimo de mis tesoros para devolver la vida a un desgraciado. Más o menos por esta época, se hizo sentir por los alrededores de mi propiedad un hambre terrible; todos los habitantes estaban en la mayor de las miserias: hubo escenas terribles, muchachas arrastradas al libertinaje, niños abandonados y varios suicidios. Vinieron a implorar mi bondad: me mantuve firme, y coloreé impertinentemente mis negativas con los enormes gastos a que me habían llevado mis jardines. ¿Pueden darse limosnas, decía insolentemente, cuando instalo habitaciones de espejos al fondo de los bosquecillos, y cuando adorno sus avenidas con Venus, Amores y Safos? En vano ofrecían a mis tranquilas miradas todo lo que creían más propio para despertar mi sensibilidad: madres desconsoladas, niños desnudos, espectros devorados por el hambre; nada me conmovía, nada sacaba a mi alma de su impasibilidad ordinaria, y nunca obtenían de mí más que negativas. Entonces fue cuando, al darme cuenta de mis sensaciones, sentí, tal y como me lo habían anunciado mis maestros, en lugar del penoso sentimiento de la piedad, una cierta conmoción producida por el mal que yo creía hacer echando a estos desgraciados, y que hizo circular por mis nervios una llama más o menos parecida a la que nos abrasa cada vez que rompemos un freno o que desechamos un prejuicio. A partir de ese momento concebí cuán voluptuosa podía llegar a ser la puesta en práctica de estos principios; y desde entonces fue cuando sentí que, puesto que el espectáculo del infortunio causado por la muerte podía ser de una sensualidad tan perfecta para las almas dispuestas o imbuidas de principios como los que me inculcaban, el causado por uno mismo debía mejorar este goce; y como sabéis que mi cabeza va siempre muy lejos, podéis imaginar cuánto de posible y delicioso concebía en esto. El razonamiento era simple: yo sentía placer en la mera negativa de hacer feliz al infortunado; ¿qué no sentiría entonces si fuese yo misma la causa primera de este infortunio? Si es dulce oponerse al bien, me decía a mí misma, debe ser delicioso hacer el mal. Recordé, recreé esta idea en esos momentos peligrosos en que el físico se enciende con las voluptuosidades del espíritu, instantes en los que uno nada se niega a sí mismo porque nada se opone a la irregularidad de los anhelos o a la impetuosidad de los deseos, y en los que la sensación recibida sólo es viva en función de la multitud de los frenos que se rompen y de su santidad. Si uno se volviese honrado una vez desvanecido el pensamiento, el inconveniente sería mínimo: es la historia de las faltas del espíritu, se sabe perfectamente que no ofenden a nadie; pero, desgraciadamente, se va más lejos. ¿Qué será, nos atrevemos a decir, la realización de esta idea, cuando su solo roce sobre mis nervios llega a emocionarlos tan vivamente? Se vivifica la maldita quimera, y su existencia es un crimen.