Juliette o Las prosperidades del vicio
Juliette o Las prosperidades del vicio Respecto a mi guardarropa, mis joyas, mis ahorros, mi mobiliario, aunque hiciese apenas dos años que estaba con Monsieur de Saint-Fond, no exagero si evalúo estos objetos en más de cuatro millones, dos de ellos en oro dentro de mi caja, ante los cuales iba algunas veces, a instancias de Clairwil, a excitarme el coño, y me corría con esta idea singular: Me gusta el crimen y aquí están a mi disposición todos los medios para lograrlo. ¡Oh, amigos míos!, ¡cuán dulce es esta idea y cuánto semen me ha hecho perder! ¿Deseaba una nueva joya, un nuevo vestido? Mi amante, que no quería verme tres veces seguidas las mismas cosas, me satisfacía al momento, y todo esto sin exigir de mí más que desorden, extravío, libertinaje y la mayor escrupulosidad en la preparación de sus orgías. Así pues, era halagando mis gustos como se encontraban servidos todos ellos; era entregándome a un completo desenfreno de mis sentidos como mis sentidos se veían embriagados.