Juliette o Las prosperidades del vicio
Juliette o Las prosperidades del vicio Me levantaba todos los días a la diez. Hasta las once sólo veía a mis amigas íntimas; desde entonces hasta la una, una gran toilette a la que asistían todos mis cortesanos; a la una en punto recibía audiencias particulares para los favores que tenían que pedirme, o al ministro cuando me encontraba en París. A las dos volaba a mi casita, donde excelentes obreras me permitían encontrar regularmente, todos los días, a cuatro hombres y cuatro mujeres, con quienes daba el más amplio vuelo a mis caprichos. Para que os hagáis una idea de los objetos que recibía en ella, conformaos con saber que no entraba ningún individuo que no me costase al menos veinticinco luises, y con frecuencia el doble. De esta forma, no es posible imaginarse la de delicias y rarezas que obtenía de uno y otro sexo: más de una vez he visto a mujeres y muchachas de las mejores familias, y puedo decir que en esa casa he gozado de voluptuosidades muy dulces y placeres muy refinados. Volvía a las cuatro, y siempre cenaba con algunos amigos. No os hablo de mi mesa: ninguna casa de París era servida con tanto esplendor, delicadeza y profusión; nada era nunca suficientemente hermoso ni suficientemente extraño. La extrema intemperancia en que me veis debe, creo, haceros juzgar sobre esto. Sitúo una de mis mayores voluptuosidades en este pequeño vicio, y creo que sin los excesos de este nunca se goza bien de los otros. A continuación iba a ver algún espectáculo, o recibía al ministro si era su día.