Juliette o Las prosperidades del vicio
Juliette o Las prosperidades del vicio Elvire y yo habíamos traído fósforo de Boulogne, y encargué a esta muchacha lista e inteligente que distrajese a toda la familia mientras yo iba a colocarlo hábilmente en la paja de un granero que se encontraba encima de la habitación de estos desgraciados. Vuelvo, los niños me acarician, la madre me cuenta con ingenuidad todos los pequeños detalles de su casa, el padre quiere que me refresque, se apresura a recibirme con lo mejor… Nada de esto me desarma, nada me ablanda; me interrogo acerca de mis sensaciones y, lejos de esa fastidiosa emoción de la piedad, no siento más que un cosquilleo delicioso por todo mi cuerpo: la más pequeña caricia me habría hecho descargar diez veces. Redoblo mis halagos con toda esta interesante familia, a la que voy a traer el asesinato; mi falsedad llega al colmo: cuanto más traiciono, mejor me excito. Doy cintas y lazos a la madre, caramelos a los hijos. Regresamos, pero tal es mi delirio que no puedo volver a mi casa sin rogar a Elvire que alivie el terrible estado en que me encuentro. Nos adentramos en un bosquecillo, me arremango, abro las piernas…, me masturba… Apenas me toca, me corro; nunca hasta entonces me había encontrado en un delirio tan terrible; Elvire, que no sospecha nada, no sabía cómo interpretar el estado en que me veía.