La FilosofĂ­a en el tocador

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SRA. DE SAINT–ANGE: Bueno, amigo mío: sus cabellos castaños, que a duras penas caben en el puño, le bajan hasta las nalgas; su tez es de una blancura resplandeciente, su nariz algo aguileña, sus ojos de un negro de ébano y de un ardor… ¡Oh, amigo mío, es imposible resistir a esos ojos! ¡No imaginaríais siquiera todas las tonterías que me han hecho hacer!… ¡Si vieras las lindas cejas que los coronan…, los interesantes párpados que los bordean!… Su boca es muy pequeña, sus dientes soberbios, y todo ello de una frescura… Una de sus bellezas es la elegante manera en que su hermosa cabeza está unida a sus hombros, el aire de nobleza que tiene cuando la vuelve… Eugenia es alta para su edad: se la echarían diecisiete años; su talle es un modelo de elegancia y de finura, sus pechos deliciosos… ¡Son, desde luego, dos tetitas más hermosas!… ¡Apenas hay con qué colmar la mano, pero tan dulces…, tan frescas…, tan blancas!… ¡Veinte veces he perdido la cabeza besándolas! ¡Y si hubieras visto cómo se animaba con mis caricias…, cómo sus dos grandes ojos me pintaban el estado de su alma!… Amigo mío, no sé cómo es el resto. ¡Ay, a juzgar por lo que conozco, jamás el Olimpo tuvo divinidad que pudiera comparársele!… Pero ya la oigo…, déjanos, sal por el jardín para no encontrarte con ella y sé puntual a la cita.



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