Los CrÃmenes del amor
Los CrÃmenes del amor —Señor —dice a Goé—, os pido de rodillas gracia para este infortunado… Soy su mujer… ¿qué digo? Soy lo bastante desventurada para llevar en mi seno prendas de su amor, y su proceder nunca ha dejado de ser honesto conmigo.
—Señora —respondió M. de Goé—, no soy dueño de nada en esta aventura; he obtenido solamente la dirección de las tropas, pero me he encadenado a mà mismo al recibir mis órdenes: este hombre ya no me pertenece, no le salvarÃa sino arriesgándolo todo. Al salir del desfiladero, el gran preboste de la provincia me espera; vendrá a disponer de él; yo no le haré dar un paso hacia el cadalso, es cuanto puedo hacer.
—¡Oh, señor, dejadle que escape! —exclamó aquella interesante mujer—, es vuestra desgraciada prima llorando quien os lo pide.
—Una injusta piedad os ciega, señora —prosiguió Goé—; este desgraciado no se corregirá, y salvar a un hombre costará la vida a más de cincuenta.
—Tiene razón —exclamó Franlo—, tiene razón, señora; me conoce tan bien como yo mismo; el crimen es mi elemento, no vivirÃa más que para volver a sumirme en él. No es la vida lo que quiero, sólo una muerte que no sea ignominiosa: que el alma sensible que se interesa por mà se digne conseguirme por única gracia permiso para que los dragones me levanten la tapa de los sesos.