Los CrÃmenes del amor
Los CrÃmenes del amor —¿Quién de vosotros quiere encargarse, hijos? —dijo Goé.
Pero nadie se movió; Goé mandaba franceses; entre ellos no podÃa haber ningún verdugo.
—Que me den entonces una pistola —dijo aquel malvado.
Goé, muy conmovido por las súplicas de su prima, se acerca a Franlo y él mismo le entrega el arma que pide. ¡Oh, colmo de la perfidia! El esposo de Mlle. de Faxelange no bien acaba de tener lo que desea cuando suelta el tiro sobre Goé… pero afortunadamente sin alcanzarle. Este gesto irrita a los dragones, aquello se vuelve un asunto de venganza; no escuchan más que a su resentimiento, caen sobre Franlo y lo destrozan en un minuto. Goé se lleva a su prima; apenas si ella ve el horror del espectáculo. Vuelven a pasar el desfiladero al galope. Un caballo manso espera a Mlle. de Faxelange al otro lado de la garganta. El señor de Goé rinde cuentas rápidamente al preboste de su operación; los guardias de la mariscalÃa se apoderan del puesto; los dragones se retiran; y Mlle. de Faxelange, protegida por su liberador, vuelve a los seis dÃas a casa de sus padres.