Los CrÃmenes del amor
Los CrÃmenes del amor —Su nacimiento no me inquieta para nada —dijo—; desde el momento en que su sangre es pura, ¿qué me importa quién se la haya transmitido? Su aventura a la edad de dieciséis años me asusta igual de poco: ha reparado esa falta con un gran número de años de sensatez; me casaré con ella como viuda: al decidirme a tomar una persona de sólo treinta o treinta y cinco años, era muy difÃcil unir a esa cláusula la loca pretensión de las primicias. O sea, nada me desagrada en vuestras proposiciones; sólo me resta apremiaros para que me presentéis a esa persona.
El amigo de M. de Courval lo satisfizo pronto: tres dÃas después le invitó a cenar en su casa con la señorita en cuestión. Era difÃcil no quedar seducido desde el primer momento por aquella muchacha encantadora: eran los rasgos de la propia Minerva, disimulados bajo los del Amor. Como sabÃa de qué se trataba, fue más reservada aún, y su decencia, su contención, la nobleza de su porte, unidas a tantos encantos fÃsicos, a un carácter tan dulce, a un ingenio tan exacto y tan adornado, enloquecieron tanto la cabeza del pobre Courval que suplicó a su amigo que tuviera a bien acelerar la conclusión.