Los Crímenes del amor
Los Crímenes del amor Concluida la paz, y no teniendo los poderosos rivales de que acabamos de hablar otras preocupaciones que envidiarse y destruirse, no dejaron de apelar al culto en ayuda de la venganza, ni de armar las peligrosas manos del odio con la espada sagrada de la religión. El príncipe de Condé apoyaba al partido de los Reformados en el corazón de Francia; Antonio de Bourbon, su hermano, lo protegía en el Sur; el Condestable, ya viejo, se batía débilmente, pero los Châtillons, sus sobrinos, actuaban con menos freno. En muy buenos términos con Catalina de Médicis, hubiera podido creerse, más tarde, que la había templado mucho sobre las opiniones de los Reformados y que poco faltaba para que esta reina las adoptase en el fondo de su alma. En cuanto a los Guise, que estaban en la corte, favorecían esa creencia; el cardenal de Lorena, hermano del duque, ligado a la Santa Sede, ¿podía no apoyar sus derechos? En tal estado de cosas, sin osar desgarrarse aún entre sí, andaban por las ramas, atacaban mutuamente a las criaturas del partido opuesto y, para satisfacer sus pasiones particulares, seguían inmolando algunas víctimas.