Los Crímenes del amor

Los Crímenes del amor

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Ya se ve: la envidia, la ambición, he ahí las causas reales de disturbios en los que el interés de Dios no fue más que pretexto. ¡Oh, religión[57]! Hasta qué punto te respetan los hombres; cuando tantos horrores emanan de ti, ¿no puede sospecharse por un momento que no eres entre nosotros sino el manto bajo en el que se envuelve la Discordia cuando quiere destilar su veneno sobre la tierra? ¡Cómo! Si existe un Dios, ¿qué importa la forma en que los hombres le adoren? ¿Son virtudes o ceremonias lo que exige? Si no quiere de nosotros más que corazones puros, ¿puede ser honrado mejor por un culto que por otro cuando la adopción del primero en lugar del segundo debe costar tantos crímenes a los hombres?

Nada igualaba por entonces el sorprendente avance de las reformas de Lutero y de Calvino; los desórdenes de la corte de Roma, su intemperancia, su ambición, su avaricia habían forzado a esos dos ilustres sectarios a mostrar a una Europa sorprendida cuántas trapacerías, artimañas e indignos fraudes había en el seno de una religión que se suponía proceder del Cielo. Todo el mundo abría los ojos, y la mitad de Francia había sacudido ya el yugo romano para adorar al Ser supremo, no como osaban prescribirlo unos hombres perversos y corrompidos, sino como parecía enseñarlo la naturaleza.


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