Los CrÃmenes del amor
Los CrÃmenes del amor —El jefe de los moros —responde el guerrero—; estoy harto de la sangre que derramamos; ahorrémosla, Rodrigo: ¿debe ser sacrificada la vida de los súbditos de un imperio por los débiles intereses de sus dueños? ¡Que los soberanos se batan ellos mismos cuando les separen las discusiones, y sus querellas ya no serán tan largas! Elige el terreno, orgulloso español, y ven a medir tu lanza con la mÃa; para aquel que de los dos triunfe sean los frutos de la victoria… ¿Estás de acuerdo?
—Voy contigo —responde Rodrigo—, prefiero tener que vencer sólo a semejante adversario, a luchar por más tiempo contra esa oleada innumerable de pueblos.
—Entonces, ¿no te parezco temible?
—Jamás vi adversario tan débil.
—Es verdad que ya me has vencido, Rodrigo; pero ya no estás en el dÃa de tus triunfos, ya no languideces en el fondo de tu palacio, en el seno de tus indignas voluptuosidades, ya no derramas la sangre de tus súbditos para someterlos, ya no robas el honor de sus hijas…
Tras estas palabras, ambos guerreros eligen campo; los ejércitos tienen los ojos puestos en ellos… Se acercan, chocan con Ãmpetu… se propinan furiosos golpes.