Los CrÃmenes del amor
Los CrÃmenes del amor En efecto, ninguna casa tenÃa en Toscana rango más elevado que la de los Strozzi… a la que una mejor conducta no hubiera tardado en convertir en dueños de ese envidiado cetro de Florencia.
Fue entonces, cuando esta familia gozaba de mayor brillo[29] y todo prosperaba en torno suyo, cuando Carlo Strozzi, hermano del que mantenÃa el esplendor del apellido, menos dedicado a los asuntos del gobierno que a sus fogosas pasiones, aprovechaba el inmenso prestigio de su familia para saciarlas de la manera más impune.
Es raro que los recursos de la grandeza, halagando los deseos en un alma mal nacida, no se conviertan pronto en los del crimen; ¿qué no emprenderá el malvado afortunado que se ve por encima de las leyes por nacimiento, que desprecia al cielo por sus principios, y que lo puede todo por sus riquezas?
Carlo Strozzi, uno de esos hombres peligrosos a los que nada importa con tal de satisfacer su gusto, llegaba a sus cuarenta y cinco años, es decir, la edad en que las fechorÃas, que ya no son secuela de la impetuosidad de la sangre, se razonan, se combinan con más arte y se cometen con menos remordimiento. Acababa de perder a su segunda esposa, y en Florencia estaban casi seguros de que, si la primera habÃa muerto vÃctima de los innumerables malos tratos de este hombre, la segunda debÃa de haber tenido la misma suerte.