Los Crímenes del amor

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Sea como fuere, todo se tramaba con tanto misterio, o los Guise estaban tan mal informados, que, pese a los avisos que recibían de todas partes, estaban a punto de ser sorprendidos en Blois, e iban a serlo probablemente de no ser por una traición. Pierre des Avenelles, abogado, a cuya casa de París había ido La Renaudie a alojarse, aunque era protestante descubrió todo al duque de Guise. Temblaron. El canciller Olivier reprochó a los dos hermanos una seguridad en la que no hubieran estado de haber escuchado sus consejos. Catalina tembló, e inmediatamente abandonaron Blois, cuya posición no pareció bastante segura, para dirigirse al castillo de Amboise, que, plaza de primer orden antaño, parecía suficiente para poner a la corte al abrigo de un golpe de mano. Una vez allí, celebraron consejo; se hizo lo que Carlos XII de Suecia decía de Augusto, rey de Polonia, que, pudiendo prenderle, le había dejado escapar e inmediatamente había reunido su consejo. Delibera hoy, decía Carlos, sobre lo que habría debido hacer ayer. Lo mismo ocurrió en Amboise. El cardenal pretendía, con fervor papista, exterminar todo. Era el único argumento de Roma[59]. El duque, más político, pensó que se perdería a mucha gente siguiendo la opinión de su hermano, y que no se descubriría nada. Más valía, según él, arrestar a la mayor cantidad posible de jefes, y obtener de ellos, a la vista de los tormentos, la confesión de tantas maniobras sordas y misteriosas, cuyas causas y autores era más esencial descubrir que degollar, sin oírles, a los que sostenían unas y servían a otros.


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