Los Crímenes del amor

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Prevaleció esta opinión. Catalina nombró inmediatamente al duque de Guise teniente general de Francia, pese a la oposición del canciller que, demasiado sensato para no vislumbrar los peligros de una autoridad tan amplia, sólo quiso sellar las patentes a condición de que se limitaran únicamente al momento de los disturbios.

El duque de Guise sospechaba de los Châtillons; si por desgracia estaban a la cabeza de los protestantes, el partido del rey tendría todo que temer. Sabiendo a estos sobrinos del Condestable en buenos términos con la reina, incitó a Catalina a sondearlos. El almirante de Coligny no ocultó los riesgos que había si se continuaba empleando con los protestantes el rigor de que hacían gala los Guise; dijo que «debían saber que los suplicios y la vía de las coacciones eran más apropiados para rebelar a los espíritus que para devolverlos al camino recto; que, por lo demás, podrían contar seguramente con sus hermanos, y que respondía a la reina de que ellos y él estarían, en todo tiempo, dispuestos a dar al soberano las mayores pruebas de su celo».





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