Los CrÃmenes del amor
Los CrÃmenes del amor »¿Qué es, además, ese frágil imperio que pretendes, hijo mÃo? ¿Pueden los tiranos de Florencia jugar un dÃa un papel en Italia si no cuentan con más energÃa que la suya? Echa una rápida mirada sobre el estado actual de Europa, sobre los intereses de sus reyes… sobre los rivales que nos rodean; un prÃncipe altanero[30] quiere invadir la monarquÃa del universo… todos los demás deben enfrentarse a él; en esta hipótesis, ¿no debe ser Florencia el primer objetivo de sus deseos? ¿No es a orillas del Arno donde ese ambicioso prÃncipe, o sus competidores, deben aherrojar a Italia? Es decir, Florencia será el foco de la guerra; su trono, el templo de la discordia. Francisco I se recuperará de las desgracias de PavÃa; una batalla perdida no es nada para los franceses; volverá a Italia, volverá con tropas tan numerosas que a los Sforza ni siquiera se les pasará por la cabeza poder disputarle el Milanesado, se hará el amo de Florencia… Carlos Quinto se enfrentará a ellos, se dará cuenta del error cometido por no asegurar ese trono para don Felipe, hará cuanto pueda para que éste sea su dueño. ¿Qué nos queda frente a tan grandes intereses? ¿El papa?… ¿El propio Médicis, cuyas negociaciones, más peligrosas que las armas, no tendrán otra meta que restablecer su casa en Florencia, sometiéndola al más fuerte?… Venecia, cuya prudente polÃtica sólo tiende al mantenimiento del equilibro en Italia, nunca tolerará en Toscana la existencia de esos pequeños soberanos que, siempre un peso en la balanza, aunque sin inclinarla hacia ningún lado, sólo trabajan para hacer que uno u otro se incline a su favor. Todo, hijo mÃo, todo nos procurará enemigos; saldrán de todas partes, sin que ningún aliado nos socorra; habremos arruinado nuestra fortuna, destruido nuestra casa, para encontrarnos un dÃa en Florencia con que somos los más débiles y menos opulentos… Abandona pues tus quimeras, te digo, y, dirigiendo tus deseos hacia objetos de más fácil y más agradable posesión, vuela a olvidar en brazos del placer la loca ambición de tus desmesurados designios.